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¡Cristo vive! Tiene las manos agujeradas.
México Quizá resulte un poco presuntuoso dar un testimonio sin que sea requerido. Pero considero que este es un buen foro para hacerlo. Durante algún tiempo he estado leyendo las aportaciones que hacen diferentes personas acerca de la salvación y de la Iglesia. Unas me han ayudado mucho, otras me han confundido. Leo como algunos anuncian salvación; y otros, solo quejas y rencores inducidos más por el fanatismo que por el Espíritu Santo. Yo no nací siendo cristiano, aunque el lugar donde nací y crecí, había mucho de dónde escoger. La mayoría se dicen católicos, pero en una buena proporción no lo son. Algunos otros son pentecostales, adventistas, bautistas, presbiterianos, y otras congregaciones más, que sinceramente no recuerdo. Otros se nombran a sí mismos simplemente: cristianos, así nomás, sin alguna denominación distintiva, pero se consideran "distintos" de los demás. Así crecí, en un ambiente cristiano, más por la denominación que por el testimonio. Y yo inmuné, e inmunizándome de toda esa revoltura de credos. Sin embargo me gustaba la manera de vivir de algunos compañeros de la universidad. No necesitaban emborracharse para divertirse. Disfrutaban profundamente todo lo que hacían, se ayudaban mutuamente y vivían como si estuvieran en otro mundo, distinto del mío. Llenos de paz y armonía. Sinceramente me inspiraban envidia. Yo por mi parte me creí el cuento de que a Dios hay que llegarle por el conocimiento y la superación y pronto me puse al servicio del gnosticismo y el ocultismo. Y me sentí por encima de los cristianos, aunque sin la paz ni la armonía. Entre más quería llegar a Dios de esta manera, más oscura era mi vida. El anuncio de que Cristo era mi Salvador, me llegó un día en las escaleras de mi universidad, mientras estaba apurado por prepararme para un exámen. Fueron unos niños, de alguna denominación no católica de origen canadiense y cuyos nombres no recuerdo. Sinceramente les seguí la corriente. Pero en mi corazón dejaron algo que ardía con un fuego suave que no consume, pero quema. Así que llegando a mi casa repetí sinceramente la oracioncita que me dieron en un papel mal impreso. Y resultó. De pronto sentí un profundo arrepentimiento y un deseo incontenible de llorar al verme en la oscuridad y la luz allá lejos de mí. Pero pensé que era sólo un estado emocional promovido por el sentimentalismo. Bien sabía que no era cierto, pero así me conformé. Pero esa llama no se apagaba. Así que me armé de valentía, una mochila, comida para dos días y una Biblia polvosa que alguien dejó en mi casa. Y me fuí a las montañas cercanas a encontrarme con Dios. Así solo. Si existe, tal como dicen los cristianos, tendré que saberlo. Allá en las montañas (la sierra dicen aquí) estuve al borde de la muerte. Y desde lo más profundo de mi corazón clamé a Jesús, con la desesperación de quien está con la muerte encima. Y de pronto ahí estaba, luminoso y con los ojos llenos de amor y relampagueantes. Supe que era Jesús porque tenía agujeros en sus manos. Caí rostro en tierra y para cuando tuve valor para levantar la vista, estaba a salvo, frente a una casita de montaña. Era un milagro. Pero más milagroso fué la casita era de unos parientes que no conocía. Ellos me atendieron y contaron algunas cosas de mi familia que tampoco conocía. Entonces sané de un dolor profundo que tenía contra mis padres. Regresé a casa. Lo primero que hice fue ir con mi madre y pedirle perdón. Ella hacía poco se había convertido también. Lloramos juntos y sentimos la misericordia de Dios a través del perdón del ser querido. Decidí seguirlo. Así nomás, sin expliaciones, leí en la Biblia: "... ven, sígueme ..." y supe de inmediato que esto fue escrito para mí. Así que atendiendo a mi capacidad intelectual, luego de severo análisis decidí no hacerlo como católico, no daban buen testimonio. Y anduve, como vara que mueve el viento, de una denominación a otra. Con recta intención, sí, pero sin comprometerme a nada. Entonces me dediqué a criticar a mi madre (que había decidido seguir a Jesús como católica) hechándole en cara todo cuanto de malo veía en sus "hermanitos" y en sus pastores. Era un anochecer de invierno, con esa llovizna fría y pertinaz típica de mi ciudad. Era domingo. Recíen había llegado yo de la asamblea y culto, cuando mi madre me pidió que la llevara a misa. Ella no podía manejar e iba a caminar las cerca de 15 cuadras de había de mi casa al templo. A pié y con el frío y la llovizna. Aproveché para decirle "que vas a hacer con esos perdidos". No dijo nada, solo me lanzó una sonrisa agradecida, se dió media vuelta y tomó rumbo al templo. Pensé que se volvería para recriminarme, pero no fue así. Entonces pensé "sí que esta vieja es orgullosa". Monté a la camioneta y la alcancé como a las tres cuadras. Ahí iba ella brincando charcos de agua fría, batallando para cubrirse con su paraguas. Le abrí la puerta para que subiera y para mi sorpresa ¡se subió!, y no me reclamó nada, antes me pidió de la manera más dulce que recuerdo que la acompañara a misa. No tenía argumentos para negarme luego de mi perversa conducta. Así que el primer pretexto que se me ocurrió fue: "no hay donde estacionarme". Pero había un lugar justo a la entrada. Así que me estacioné y entré. Y entré sólo para ver qué hacían esos "perdidos". Ocupé un lugar estratégico en la parte de atrás. Tenía a todos al alcance de mi vista y de mi furiosa crítica. A las que iban bien vestidas, quería decirles que Jesús no era cuestión de moda. A los que estaban platicando, que si realmente conocieran a Jesús estarían postrados en adoración. A la del coro, la conocía como la más fácil del vecindario. Conocía a los que se drogaban, tenían otras mujeres, a los que se enriquecían ilegalmente. Había mucha tela de dónde cortar. No todos eran así, pero así yo los veía. Ese día hablaron del perdón, del amor, critiqué al sacerdote durante la homilía y pensé que sería bueno que lo que decía se aplicara para él mismo y su congregación. Y mientras criticaba ferozmente, de pronto todos se hincaron y yo volteo hacia el altar. El sacerdote con las manos en alto sosteniendo un círculo blanco mientras decía: "Este es Cristo, el Cordero de Dios, que ha venido para rescatar al mundo, dichosos los invitados a la Cena del Señor". Y ahí estaba otra vez: sus vestiduras de luz, sus ojos llenos de amor y sus manos agujeradas. El mismo Jesús que encontré en la sierra que ahora me decía con su voz de truenos: "Yo he venido a los enfermos, no a los sanos; éstos que criticas son mi cuerpo y morí por ellos, valen mi sangre ¿realmente quieres seguir dándome latigazos y escupiéndome el rostro?". No me podía mover, estaba como muerto en vida. La voz de las gentes a mi lado me hicieron volver en mí, decían: "... yo no soy digno de que vengas a mí, pero una palabra tuya bastará para sanarme". No resistí más. Caí. Recitaron el padrenuestro y se dieron un saludo de paz. Yo no pude darle la paz a nadie. Estaba tirado en el suelo llorando como un niño, sintiéndome mugre, lodo, pobredumbre, podrido, sin valor para levantar la vista de nuevo. Entonces alguien me levantó en sus brazos y me consoló. Cuando abrí los ojos, ví que era un amigo, pero yo sentía que era Jesús mismo quien me consolaba y me daba su amor. Por eso, cuando alguien me dice que estoy en la Iglesia equivocada, que los católicos son unos perdidos, yo solo les contesto: "yo no sé de teología, ni de culto y no entiendo bien las diferencias, no tengo muchos estudios bíblicos; pero sé que los católicos valen la Sangre de Cristo, que murió por ellos en la cruz y que son verdaderos hijos de Dios, aunque ellos mismos no se den cuenta. Que Cristo se me mostró en la Eucaristía, que vive realmente y tiene las manos agujeradas". Y entonces oro y ruego a mi dulce Señor que tenga misericordia de él como la tuvo conmigo. ¡ CRISTO VIVE Y TIENE LAS MANOS AGUJERADAS! Zegiwy (CES) Zegiwy Hepjey e-mail: z_hepjey@hotmail.com |
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