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Predeterminado La utopía Cristiana: Construir el Reino de Dios.

La utopía Cristiana: Construir el Reino de Dios.
México

MOVIMIENTO ECLESIAL «APÓSTOLES DE LA PALABRA» Una familia misionera al servicio de la Iglesia Católica Agujas, 676 - Col. El Vergel Iztapalapa - 09880 México, D.F. Tel. 5/426.4004 Fax 5/426.4011 http://apostol.faithweb.com - E-mal: apostle@prodigy.net.mx

LA UTOPÍA CRISTIANA
Construir el Reino de Dios

Un mundo nuevo
Frente a la dura realidad de cada día, ¿quién en alguna ocasión no dió rienda suelta a la imaginación, soñando en un mundo diferente, donde no hubiera sufrimiento, lucha por el poder y egoísmo? Donde hubiera pura felicidad, respeto para todos, plena solidaridad y posibilidad para todos de una plena realización? Donde no hubiera por un lado gente demasiado rica y por el otro gente demasiado pobre, alguien que tuviera quinientas cabezas de ganado y alguien que no tuviera segura ni su propia cabeza? ¡Qué bonito soñar! Es como respirar a pleno pulmón. El que no aprende a soñar, arriesga morir por asfixia. Sueña la novia, el investigador, el político, el ciudadano, el cristiano y el apóstol. Hasta el mismo Dios sueña:

Ustedes serán mi pueblo y yo seré su Dios (Lev 26, 12).

Es el sueño que nos presentan los hombres de Dios, enviados por él para dar aliento y esperanza a la humanidad:

Luego vi un cielo nuevo y una tierra nueva...
Esta es la morada de Dios con los hombres...
Dios enjugará toda lágrima de sus ojos.
No habrá ya muerte ni habrá llanto, ni gritos ni fatiga.
Pues el mundo viejo ya ha pasado.
Mira que hago un mundo nuevo (Ap 21, 1-5).

Habitará el lobo con el cordero,
la pantera se echará con el cabrito,
el novillo y el león pacerán juntos
y un muchachito los apacentará.
La vaca pastará con la osa
Y sus crías vivirán juntas.
El león comerá paja con el buey.
El niño jugará sobre el agujero de la víbora;
La criatura meterá la mano en el escondrijo de la serpiente (Is 11,6-8).

Habrá gozo y regocijo por siempre jamás por lo que voy a crear.
No habrá niño que viva pocos días, o viejo que no llene sus días.
Edificarán casas y las habitarán, plantarán viñas y comerán sus frutos.
No se fatigarán en vano.
Antes que me llamen, yo responderé.
Aún estarán hablando, y yo les escucharé (Is 65, 18-25).

Al final de los días estará firme el monte de la casa del Señor, en la cima de los montes, encumbrado sobre las montañas.

Hacia él confluirán los gentiles, caminarán pueblos numerosos.
Dirán: «Venid, subamos al monte del Señor, a la casa del Dios de Jacob: El nos instruirá en sus caminos, y marcharemos por sus sendas; porque de Sión saldrá la le ley, de Jerusalén la palabra del Señor”.

Será el árbitro de las naciones, el juez de pueblos numerosos.

De las espadas forjarán arados, de las lanzas, podaderas. No alzará la espada pueblo contra pueblo, no se adiestrarán para la guerra (Is 2,2-5).

¡Qué bonito: Dios conviviendo con su pueblo, en paz y justicia, como en el principio, antes del pecado! (Cf. Gén 3,8). Sin enfermedades, sin cansancio, sin explotación, sin peligro de guerras y sin la amenazadora perspectiva de la muerte.

Restaurando el plan original
Todo esto se llama utopía, del griego u = no y topos = lugar, es decir, algo que no tiene lugar, que no existe en ninguna parte y que sin embargo nos mueve, nos hace avanzar, nos ayuda a criticar lo que estamos viviendo, nos abre posibilidades; un sueño, una aspiración, un deseo que nos atrae como un imán irresistible, un ideal que nos empuja a la lucha en el intento de verlo transformado en realidad. Aquí precisamente está la fuerza de la utopía, su sentido más profundo y su más íntima razón de ser. No se trata de un sueño vano y frustrante frente a una realidad desafiante e inquebrantable, sino de un ideal que como gota de agua golpea sin cesar la roca hasta perforarla.
Un sueño que se construye a cada instante y que algún día se volverá en brillante realidad. Sí, llegará el día en que ya no habrá lágrimas ni muerte, ni engaño, ni mentira, ni explotación; gente que hace todo lo posible para adelgazar y gente que no tiene que comer y se muere de hambre. Sí, este mundo que vemos, algún día se acabará para dar origen a un mundo nuevo, diferente, en que Dios será realmente un padre para nosotros y nosotros gozaremos plenamente de la dignidad de hijos de Dios.
Un mundo en que la única ley será la ley del amor y nada ni nadie podrá oponerse a la voluntad y a los planes de Dios, que son planes de paz y justicia para todos, de felicidad plena y sin ocaso. Un mundo en el cual la naturaleza humana será restaurada plenamente, con pleno equilibrio y dominio de sí; un mundo en el cual las palabras pecado, atropello, enfermedad o muerte no tendrán cabida y quedarán desterradas para siempre. En realidad, se tratará de un mundo nuevo, puesto que este mundo ya habrá pasado y viviremos en cielos nuevos y tierra nueva (Ap 21, 1 y 5), donde habrá pura felicidad, una felicidad más grande de la que tuvieron nuestros primeros padres y que rebasará toda aspiración y entendimiento humano, sin la amenazante posibilidad de perderla.

Ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni vino a la mente del hombre lo que Dios ha preparado para los que le aman (1Cor 2, 9).

El Reino de Dios
Como sombra, anticipo e instrumento para la llegada de este mundo nuevo, hacia el cual tiende y anhela la humanidad entera y toda la creación (Rom 8, 18-27), está el Reino de Dios: un mundo como lo quiere Dios, un mundo en el cual Dios es el Rey y su ley representa la norma suprema de conducta. En un mundo dominado por el egoísmo, la manipulación, la ley del más fuerte, el instinto de ponerse en el lugar de Dios, confundiendo todo tipo de relación, el Reino de Dios representa un remanso de paz, respeto, libertad, confianza, búsqueda de la verdad y solidaridad. Entre luces y sombras, éxitos y fracasos, avances y retrocesos, grandes entusiasmos y profundas frustraciones, conscientes de que su plena realización tendrá lugar más allá de la historia.

Don y conquista
Todo esto es esencialmente un don de Dios para sus hijos, que aún viven en el destierro. Pero al mismo tiempo es fruto de una conquista lenta y paciente. Lo mismo que pasó con la antigua conquista de la Tierra Prometida. Dijo Dios a Josué:

Sé valiente y firme, porque tú vas a dar a este pueblo la posesión del país que juré dar a sus padres. Sé, pues, valiente y muy firme, teniendo cuidado de cumplir toda la Ley que te dio mi siervo Moisés. No tengas miedo ni te acobardes, porque Yavé tu Dios estará contigo dondequiera que vayas (Jos 1, 6-7.9).

«A Dios rogando y con el mazo dando», dice un refrán. Los que optan por el Reino, saben que su establecimiento en este mundo no es una tarea fácil. Teniendo presente la situación de desequilibrio en que se encuentra el ser humano, están conscientes de que no faltarán las más variadas resistencias para que este sueño se vuelva realidad.
Al mismo tiempo, el cristiano no se siente solo en esta lucha. Sabe muy bien que Dios está con El para alentarlo y fortalecerlo en la firme esperanza de que algún día la “utopía” se volverá en dichosa realidad. No obstante todos los reveses que se le puedan presentar en su lucha diaria, lo que más representa para él un motivo de consuelo y un estímulo para seguir adelante sin desmayar, es la conciencia clara de encontrarse en el camino correcto y la experiencia de la eficacia y validez de su compromiso.

Conversión y fe
Al dar inicio a su vida pública, dijo Jesús:

El tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios está cerca: conviértanse y crean en la Buena Nueva.

Para formar parte del Reino de Dios, se necesita un cambio de actitud, una nueva manera de pensar y actuar, que para el cristiano consiste en dejarse cuestionar y guiar por el Evangelio, la buena noticia que Dios envió a la humanidad, que es Jesucristo.

El Reino de Dios y la Iglesia
La Iglesia representa el instrumento más apto para hacer realidad en este mundo el Reino de Dios. Es el lugar donde más se manifiesta el amor, la sabiduría y el poder de Dios. Por lo tanto, su intervención es sumamente provechosa, no solamente para hacer realidad el Reino de Dios, sino también para definir los auténticos valores del Reino.

En realidad, debido al desequilibrio inherente a la misma naturaleza humana a causa del pecado original y agravado por ulteriores compromisos con el mal, para el hombre resulta extremadamente difícil, para no decir imposible, poder discernir con exactitud lo que está a favor o en contra del establecimiento del Reino de Dios en este mundo.

El mensaje de Jesús tiene su centro en la proclamación del Reino que en El mismo se hace presente y viene. Este Reino, sin ser una realidad desligable de la Iglesia (LG 8ª), trasciende sus límites visibles. Porque se da en cierto modo donde quiera que Dios esté reinando mediante su gracia y amor, venciendo el pecado y ayudando a los hombres a crecer hacia la gran comunión que les ofrece en Cristo. Tal acción de Dios se da también en el corazón de los hombres que viven fuera del ámbito perceptible de la Iglesia. Lo cual no significa, en modo alguno, que la pertenencia a la Iglesia sea indiferente (Puebla, 226).

De ahí que la Iglesia haya recibido la misión de anunciar e instaurar el Reino de Dios en todos los pueblos. Ella es su signo. En ella se manifiesta, de modo visible, lo que Dios está llevando a cabo, silenciosamente en el mundo entero. Es el lugar donde se concentra al máximo la acción del Padre, que en la fuerza del Espíritu de Amor, busca solícito a los hombres, para compartir con ellos - en gesto de indecible ternura - su propia vida trinitaria. La Iglesia es también el instrumento que introduce el Reino entre los hombres para impulsarlos hacia su meta definitiva (Puebla, 227).

Teniendo presente todo esto, podemos cantar con la liturgia:

En medio de los pueblos
nos guardas como un resto,
para cantar tus obras
y adelantar tu reino.
Seremos raza nueva
para los cielos nuevos;
sacerdotal estirpe,
según tu Primogénito.
(Himno, Oficio de lectura, viernes 1)

Las Bienaventuranzas:
el camino del Reino
Para los que siguen al Príncipe de es mundo, el camino de la realización pasa por el placer, el poder, la violencia, etc. Para el ciudadano del Reino, al contrario, lo que vale es buscar la paz con todos los medios posibles, luchar por purificarse cada día más, soportar la violencia más que infligirla a otros y confiar totalmente en Dios más que en las propias posibilidades.
Su grande aspiración consiste en hacer la voluntad de Dios, el camino real para que se implanten nuevas relaciones entre los hombres, con la naturaleza y con el mismo creador, haciéndose así constructor del Reino. En este sentido, la vida consagrada representa la punta de lanza para hacer realidad desde ahora los valores del Reino, compartiendo todo y teniendo la máxima disponibilidad a vivir desde ahora lo que será la vida futura, en la plena maduración del Reino.
La utopía se propone, no se impone
La grande tentación del hombre consiste en absolutizar la propia utopía, haciendo de ella un ídolo, y querer imponerla a como dé
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imponerla a como dé lugar. Visto que algo es bueno y justo, ¿por qué esperar más? Que de una vez se haga realidad. ¿Y si alguien no entiende o no está de acuerdo? Reeducación, lavado de cerebro, cárcel o paredón.
Y así la utopía, en lugar de empujar hacia el Reino, aparta de él, favoreciendo la violencia y todo tipo de atropello. Las distintas dictaduras de derecha o izquierda son una prueba fehaciente del enorme daño que se puede provocar, al no saber manejar correctamente la utopía. También en el campo religioso existe una manera equivocada de ver la utopía. Al constatar que en la Iglesia, no obstante todo el esfuerzo que se haga, sigue habiendo fragilidad y pecado, se opta por el aislamiento, en un mundo ideal en el cual ya no haya pecado, sino puro amor y santidad. Así se llega al absurdo de hablar de hermandad y provocar siempre nuevas divisiones, soñar con el amor y vivir en el rechazo y el odio hacia el hermano. Y puesto que pronto reaparecen la fragilidad y el pecado, se sigue con nuevas divisiones en una cadena sin fin.
Lo mismo pasa con el asunto de la globalización, el mercado o el ecumenismo a toda costa, las grandes utopías del momento actual, que se quieren imponer a como dé lugar, sin tomar en cuenta la situación real de un determinado ambiente, preguntándose si una determinada actitud va a ayudar o perjudicar a la gente en carne y hueso que está afectando. Y, como siempre, son los más débiles los que pagan el pato: enormes franjas de gente cada vez más marginada por el sistema del mercado y la globalización, e inmensas masas de católicos dejadas a la merced de las sectas, sin ningún apoyo de parte de los responsables, para no entorpecer el proceso ecuménico. Es que la utopía entusiasma, parece que lo vaya a solucionar todo y fácilmente vuelve ciegos frente a la realidad. Sin embargo, no es posible manipular impunemente la realidad. De una forma u otra esta reacciona, imponiendo su presencia y poniendo al descubierto los límites de la utopía en el contexto real en que se vive. En efecto, aún estamos en el camino y sigue vigente la ley del pecado y la muerte, viviendo en el desequilibrio causado por la desobediencia de nuestros progenitores.
Por lo tanto, no es posible vivir desde ahora, plenamente y en forma generalizada, ciertos valores del Reino, aunque parezcan sumamente útiles y provechosos para el humano convivir. Por otro lado, si el mismo Dios nos ha hecho libres, ¿con qué derecho alguien pretende imponer a todos su propia visión de la realidad, aunque le parezca la más correcta y provechosa?

Los místicos: pioneros de la utopía
Son los auténticos ciudadanos del Reino, los que han logrado superar definitivamente las amarras del pecado y de la muerte para vivir plenamente su alianza con Dios, descrita tan vigorosamente por el profeta Jeremías:

Pondré mi Ley en su interior
y sobre su corazón la escribiré,
y yo seré su Dios y ellos serán mi pueblo.
Ya no tendrán que enseñarse mutuamente,
diciéndose el uno el uno al otro:
“Conozcan Yavé”,
pues todos ellos me conocerán
del más chico al más grande,
oráculo de Yavé, cuando perdone sus culpas
y de su pecado no vuelva a acordarme (Jer 31,33-34).

Verdaderos hombres de la alianza y profundamente marcados por la Ley del Espíritu (Rom 8,2), los místicos desde ahora viven aquella íntima unión con Dios que representa la esencia misma de la utopía cristiana, que encontrará su plena realización más allá de la historia.

El jubileo: ensayando la utopía
En la historia del Antiguo y del Nuevo Pueblo de Dios, los jubileos son como piedras miliares, que van marcando el camino hacia la plena realización del Reino, cuando la utopía se volverá en palpitante realidad.

Declararán santo el año cincuenta y proclamarán en la tierra la liberación para todos sus habitantes. Será para ustedes un jubileo. Cada uno recobrará su propiedad y cada cual regresará a su familia. Este año será para ustedes un jubileo. No sembrarán, ni segarán los rebrotes, ni vendimiarán la viña, que ha quedado sin podar, porque es el jubileo, que será sagrado para ustedes. Comerán lo que el campo dé de por sí (Lev 25, 10-12).

Cada año jubilar el pueblo de Israel era invitado a tomar conciencia de la dignidad esencial de cada hombre, el destino universal de todos los bienes materiales y el respeto debido a toda la creación. Recordando la utopía, el pueblo creyente era invitado a actuar en tal sentido. De hecho, nunca este sueño se hizo realidad. Nunca se trató de imponer la utopía con la fuerza. Lo mismo en el Nuevo Testamento. De una forma espontánea, cada creyente trataba de hacerse solidario con los hermanos más necesitados, poniendo sus propios bienes a disposición de la comunidad.

Todos los creyentes vivían unidos y tenían todo en común, vendían sus posesiones y sus bienes y repartían el precio entre todos, según la necesidad de cada uno (Hech 2, 44-45).

No había entre ellos ningún necesitado, porque todos los que poseían campos o casas los vendían, traían el importe de la venta y lo ponían a los pies de los apóstoles, que lo repartían a cada uno según su necesidad (Hech 4, 34-35).

Alguien podría pensar: «!Por fin la utopía se hizo realidad! ¿Por qué ahora no se podría hacer lo mismo?» Mucho cuidado. Se vivió la utopía, sin tener en cuenta la realidad, por un error de perspectiva. En efecto, se pensaba que el regreso de Cristo era inminente y que por lo tanto no era necesario preocuparse por el futuro. De hecho, una vez que se acabaron lo que tenían, los miembros de la comunidad de Jerusalén se quedaron sin nada, dependientes de la caridad de las demás comunidades cristianas, que organizaron colectas en su favor (1Cor 16, 1-2). Con el pasar del tiempo, la Iglesia, profundizando en la doctrina del Cuerpo Místico de Cristo y el papel determinante de la purificación en orden a la vivencia de la utopía cristiana, llegó a la actual institución del jubileo, poniendo el énfasis en el aspecto espiritual. Cumpliendo con ciertas condiciones, el creyente vuelve a su estado de inocencia original, como recién bautizado, en plena armonía con Dios y los hermanos. Pero, ¿qué pasa? Que pronto reaparece el desequilibrio causado por el pecado original, desequilibrio fortalecido por cada pecado actual cometido. Y sigue la lucha entre el sueño y la realidad, con la mirada bien fija en el cielo y los pies bien puestos en la tierra.

Conclusión: Hombre nuevo en mundo nuevo
Sin utopía, no se puede vivir. La utopía da sentido a la vida, impidiendo al hombre empantanarse en lo cotidiano y empujándolo a mirar más allá de lo contingente e inmediato. Solamente siendo utópicos, se puede marcar el rumbo de la historia.
Pues bien, ¿dónde está lo específico de la utopía cristiana? En crear espacios de libertad cada vez más amplios, en que el hombre pueda vivir en paz y dignidad como ciudadano de este mundo e hijo de Dios, eliminando todo tipo de atropello, autoritarismo o masificación y promoviendo todo tipo de valores humanos y sobrenaturales, a la luz del Evangelio, sin dejarse confundir por otros valores, que a la larga se vuelven en contra del mismo hombre y su destino.
Lástima que últimamente, en algunos ambientes eclesiales, se han manejado otros tipos de utopía, promoviendo valores y actitudes contrarios a la utopía cristiana y enfrascándose en luchas violentas totalmente ajenas al espíritu del Evangelio. En lugar de poner el acento sobre el hombre y su destino temporal y eterno, se privilegiaron los valores puramente humanos de la economía y la política, en el supuesto de que no es posible crear al hombre nuevo sin contar de antemano con una nueva estructura.
Para nosotros, más que poner el acento sobre las estructuras, hay que ponerlo sobre el hombre. Es nuestra profunda convicción que, en la medida en que el hombre va cambiando, cambiarán también las estructuras, puesto que por el corazón del hombre pasa la lucha entre el bien y el mal y desde allá se refleja en todo lo que lo rodea. Por lo tanto, cuanto más el hombre aprende a soñar con la utopía y va cambiando interiormente, tanto más irán cambiando las estructuras, haciendo visible cada día más el Reino de Dios en este mundo.
De ahí la grande necesidad de definir la utopía cristiana, para no correr en vano, soñando con otras utopías y perjudicando seriamente los intereses del Reino, que se quiere construir. Más nos enamoramos de nuestra utopía, la utopía cristiana, y más nos volvemos en auténticos constructores del Reino, hombres nuevos, forjadores de una nueva humanidad a la insignia del Evangelio.

(Ponencia del P. Flaviano Amatulli Valente en el II Congreso LA IGLESIA ANTE LA HISTORIA, en la Arquidiócesis de México, del 17 al 18 de febrero de 2001).

P. Flaviano Amatulli Valente
e-mail: padreamatulli@hotmail.com
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