imponerla a como dé lugar. Visto que algo es bueno y justo, ¿por qué esperar más? Que de una vez se haga realidad. ¿Y si alguien no entiende o no está de acuerdo? Reeducación, lavado de cerebro, cárcel o paredón.
Y así la utopía, en lugar de empujar hacia el Reino, aparta de él, favoreciendo la violencia y todo tipo de atropello. Las distintas dictaduras de derecha o izquierda son una prueba fehaciente del enorme daño que se puede provocar, al no saber manejar correctamente la utopía. También en el campo religioso existe una manera equivocada de ver la utopía. Al constatar que en la Iglesia, no obstante todo el esfuerzo que se haga, sigue habiendo fragilidad y pecado, se opta por el aislamiento, en un mundo ideal en el cual ya no haya pecado, sino puro amor y santidad. Así se llega al absurdo de hablar de hermandad y provocar siempre nuevas divisiones, soñar con el amor y vivir en el rechazo y el odio hacia el hermano. Y puesto que pronto reaparecen la fragilidad y el pecado, se sigue con nuevas divisiones en una cadena sin fin.
Lo mismo pasa con el asunto de la globalización, el mercado o el ecumenismo a toda costa, las grandes utopías del momento actual, que se quieren imponer a como dé lugar, sin tomar en cuenta la situación real de un determinado ambiente, preguntándose si una determinada actitud va a ayudar o perjudicar a la gente en carne y hueso que está afectando. Y, como siempre, son los más débiles los que pagan el pato: enormes franjas de gente cada vez más marginada por el sistema del mercado y la globalización, e inmensas masas de católicos dejadas a la merced de las sectas, sin ningún apoyo de parte de los responsables, para no entorpecer el proceso ecuménico. Es que la utopía entusiasma, parece que lo vaya a solucionar todo y fácilmente vuelve ciegos frente a la realidad. Sin embargo, no es posible manipular impunemente la realidad. De una forma u otra esta reacciona, imponiendo su presencia y poniendo al descubierto los límites de la utopía en el contexto real en que se vive. En efecto, aún estamos en el camino y sigue vigente la ley del pecado y la muerte, viviendo en el desequilibrio causado por la desobediencia de nuestros progenitores.
Por lo tanto, no es posible vivir desde ahora, plenamente y en forma generalizada, ciertos valores del Reino, aunque parezcan sumamente útiles y provechosos para el humano convivir. Por otro lado, si el mismo Dios nos ha hecho libres, ¿con qué derecho alguien pretende imponer a todos su propia visión de la realidad, aunque le parezca la más correcta y provechosa?
Los místicos: pioneros de la utopía
Son los auténticos ciudadanos del Reino, los que han logrado superar definitivamente las amarras del pecado y de la muerte para vivir plenamente su alianza con Dios, descrita tan vigorosamente por el profeta Jeremías:
Pondré mi Ley en su interior
y sobre su corazón la escribiré,
y yo seré su Dios y ellos serán mi pueblo.
Ya no tendrán que enseñarse mutuamente,
diciéndose el uno el uno al otro:
“Conozcan Yavé”,
pues todos ellos me conocerán
del más chico al más grande,
oráculo de Yavé, cuando perdone sus culpas
y de su pecado no vuelva a acordarme (Jer 31,33-34).
Verdaderos hombres de la alianza y profundamente marcados por la Ley del Espíritu (Rom 8,2), los místicos desde ahora viven aquella íntima unión con Dios que representa la esencia misma de la utopía cristiana, que encontrará su plena realización más allá de la historia.
El jubileo: ensayando la utopía
En la historia del Antiguo y del Nuevo Pueblo de Dios, los jubileos son como piedras miliares, que van marcando el camino hacia la plena realización del Reino, cuando la utopía se volverá en palpitante realidad.
Declararán santo el año cincuenta y proclamarán en la tierra la liberación para todos sus habitantes. Será para ustedes un jubileo. Cada uno recobrará su propiedad y cada cual regresará a su familia. Este año será para ustedes un jubileo. No sembrarán, ni segarán los rebrotes, ni vendimiarán la viña, que ha quedado sin podar, porque es el jubileo, que será sagrado para ustedes. Comerán lo que el campo dé de por sí (Lev 25, 10-12).
Cada año jubilar el pueblo de Israel era invitado a tomar conciencia de la dignidad esencial de cada hombre, el destino universal de todos los bienes materiales y el respeto debido a toda la creación. Recordando la utopía, el pueblo creyente era invitado a actuar en tal sentido. De hecho, nunca este sueño se hizo realidad. Nunca se trató de imponer la utopía con la fuerza. Lo mismo en el Nuevo Testamento. De una forma espontánea, cada creyente trataba de hacerse solidario con los hermanos más necesitados, poniendo sus propios bienes a disposición de la comunidad.
Todos los creyentes vivían unidos y tenían todo en común, vendían sus posesiones y sus bienes y repartían el precio entre todos, según la necesidad de cada uno (Hech 2, 44-45).
No había entre ellos ningún necesitado, porque todos los que poseían campos o casas los vendían, traían el importe de la venta y lo ponían a los pies de los apóstoles, que lo repartían a cada uno según su necesidad (Hech 4, 34-35).
Alguien podría pensar: «!Por fin la utopía se hizo realidad! ¿Por qué ahora no se podría hacer lo mismo?» Mucho cuidado. Se vivió la utopía, sin tener en cuenta la realidad, por un error de perspectiva. En efecto, se pensaba que el regreso de Cristo era inminente y que por lo tanto no era necesario preocuparse por el futuro. De hecho, una vez que se acabaron lo que tenían, los miembros de la comunidad de Jerusalén se quedaron sin nada, dependientes de la caridad de las demás comunidades cristianas, que organizaron colectas en su favor (1Cor 16, 1-2). Con el pasar del tiempo, la Iglesia, profundizando en la doctrina del Cuerpo Místico de Cristo y el papel determinante de la purificación en orden a la vivencia de la utopía cristiana, llegó a la actual institución del jubileo, poniendo el énfasis en el aspecto espiritual. Cumpliendo con ciertas condiciones, el creyente vuelve a su estado de inocencia original, como recién bautizado, en plena armonía con Dios y los hermanos. Pero, ¿qué pasa? Que pronto reaparece el desequilibrio causado por el pecado original, desequilibrio fortalecido por cada pecado actual cometido. Y sigue la lucha entre el sueño y la realidad, con la mirada bien fija en el cielo y los pies bien puestos en la tierra.
Conclusión: Hombre nuevo en mundo nuevo
Sin utopía, no se puede vivir. La utopía da sentido a la vida, impidiendo al hombre empantanarse en lo cotidiano y empujándolo a mirar más allá de lo contingente e inmediato. Solamente siendo utópicos, se puede marcar el rumbo de la historia.
Pues bien, ¿dónde está lo específico de la utopía cristiana? En crear espacios de libertad cada vez más amplios, en que el hombre pueda vivir en paz y dignidad como ciudadano de este mundo e hijo de Dios, eliminando todo tipo de atropello, autoritarismo o masificación y promoviendo todo tipo de valores humanos y sobrenaturales, a la luz del Evangelio, sin dejarse confundir por otros valores, que a la larga se vuelven en contra del mismo hombre y su destino.
Lástima que últimamente, en algunos ambientes eclesiales, se han manejado otros tipos de utopía, promoviendo valores y actitudes contrarios a la utopía cristiana y enfrascándose en luchas violentas totalmente ajenas al espíritu del Evangelio. En lugar de poner el acento sobre el hombre y su destino temporal y eterno, se privilegiaron los valores puramente humanos de la economía y la política, en el supuesto de que no es posible crear al hombre nuevo sin contar de antemano con una nueva estructura.
Para nosotros, más que poner el acento sobre las estructuras, hay que ponerlo sobre el hombre. Es nuestra profunda convicción que, en la medida en que el hombre va cambiando, cambiarán también las estructuras, puesto que por el corazón del hombre pasa la lucha entre el bien y el mal y desde allá se refleja en todo lo que lo rodea. Por lo tanto, cuanto más el hombre aprende a soñar con la utopía y va cambiando interiormente, tanto más irán cambiando las estructuras, haciendo visible cada día más el Reino de Dios en este mundo.
De ahí la grande necesidad de definir la utopía cristiana, para no correr en vano, soñando con otras utopías y perjudicando seriamente los intereses del Reino, que se quiere construir. Más nos enamoramos de nuestra utopía, la utopía cristiana, y más nos volvemos en auténticos constructores del Reino, hombres nuevos, forjadores de una nueva humanidad a la insignia del Evangelio.
(Ponencia del P. Flaviano Amatulli Valente en el II Congreso LA IGLESIA ANTE LA HISTORIA, en la Arquidiócesis de México, del 17 al 18 de febrero de 2001).
P. Flaviano Amatulli Valente
e-mail:
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