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Alt 10-may-2008, 07:23
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Predeterminado

Le llamaremos Betard.

Betard fue crucificado al mismo tiempo y de la misma forma que Haroc. Betard comenzó tratando con su crucifixión igual que Haroc. ¡Igual que todos los hombres!

En el camino hacia la crucifixión Betard sólo tenía un pensamiento en su cabeza: “¿Cómo puedo salir de esta?” Ya sin posibilidad de escape, protestó, pataleó y profirió alaridos. Cuando sintió el golpeteo del martillo sobre los clavos Betard aulló. Ningún alma a 100 kilómetros a la redonda dudaría que Betard estaba siendo crucificado.

Aunque fue sorprendido en el acto mismo de su crimen, Betard protegió su inocencia. Cuando le pusieron en prisión, relataba su injusta historia a todo aquel que le quería escuchar. Su defensa era lógica… a tal punto que no sólo era plausible sino irresistible.

¿Te suena esto familiar?

Betard obedecía a un patrón similar al de mayoría de los creyentes de hoy que son crucificados por hermanos cristianos. (Cuando un cristiano es crucificado puede hacer una buena puesta en escena. Ataca. Le cuenta con pelos y señales a todo el que está dispuesto a escucharle la calamidad que hicieron con él.)

Betard no sobrellevó muy bien su crucifixión, ¿verdad que no?

Betard comenzó su trance invocando maldiciones sobre sus enemigos. Maldijo a su compañero de milicias, ultrajó a la multitud que le observaba, maldijo a los guardias. Culpó a todo aquel que estaba a mano. Luego se volvió y altercó a voces con Dios. ¡Al menos al hacer aquello había hallado la persona apropiada a quien culpar! Al difamar a su agonizante Acompañante halló la diana correcta. Un hombre mayor amargado llegaba a su fin, expirando en la matriz del resentimiento.

En el caso de que Betard hubiese sido bajado de su cruz, ¿habría sido un hombre cambiado?

La liberación de la cruz es escapar de la cruz. Es también una huida del cambio… del cambio que Dios desea. Si Betard (y tú) hubiese huido de la crucifixión, ¿estaría mejor a largo plazo?

Considéralo, si hoy tuvieses que preguntar a Betard esa misma cuestión, “¿te habrías perfeccionado si hubieses escapado de la cruz?”, sin lugar a dudas Betard te diría que escapar de la crucifixión habría sido lo peor que le pudiera haber ocurrido.

Hoy Betard está contento de haber sido crucificado.

Ojalá que ese día te llegue también a ti.

Si quieres recibir consejo acerca de cómo escapar de la crucifixión, nunca le preguntes a Betard. ¡Él te animará a rendirte a ella! Betard conoce los poderes redentores y transformadores de la ignominia.

¡El mejor día que el ladrón vivió fue el día en que fue crucificado despiadada, cruel y públicamente!

Fue el mejor día de toda su vida.

Si permites que el trato enfermizo que te han inflingido otros creyentes solidifique en amargura serás como el primer ladrón. Pero si algo se vuelve…

¿Qué sucedió para que Betard cambiara?

Se percató de Jesús. A la postre acabó contemplándole.

Observó a Dios crucificado. Fue testigo de una crucifixión y vio la respuesta adecuada al trato inhumano que los hombres ejercen contra sí mismos. La tercera víctima, Jesús, había echo las paces con el tema. Nunca lo olvides, estaba siendo crucificado por Sus hermanos.

Contemplar aquello cambió al ladrón. Sé sabio, ¡imítale!

Considera a Jesús. Contempla en tu crucifixión cómo trata Él con Su crucifixión. ¡Tu Señor te dejó por herencia un ejemplo del fino arte de cómo ser crucificado!

En la medida en que consideres esa increíble escena, debes saber que Él, y solamente Él, era el que conocía la cruz mejor que todos los demás, y sin embargo elige quién será crucificado. El Crucificado escoje a aquel que le seguirá hasta el Gólgota, para allí ser crucificado aún por los propios hermanos.

El Crucificado, habiendo probado los extremos de la palidez cadavérica de la cruz, no dudó ni por un instante escogerte para ser crucificado. ¡Crucificado por un instrumento con un nombre cristiano!

Si Cristo nunca hubiera sido crucificado pero aún así te hubiera seleccionado para serlo, eso sería un asunto totalmente diferente. ¡Pero Él conoció lo que tú habrías de padecer!

Betard se percató de ello.

¡Betard contempló cómo Dios encajaba el mazazo de perder a todos Sus amigos! Betard vio la reacción de Jesús hacia los demás. Betard observó a Dios experimentar el fracaso; vio a Dios en el acto de perderlo todo. Esa sorprendente visión cambió a Betard para siempre.

Ojalá te haya de cambiar a ti.

En aquel sangriento momento, Betard vio y, habiendo visto, accionó el interruptor. Al principio se arrepintió. Se responsabilizó de sus acciones. Ninguno de nosotros estamos libres de no hacerlo, sobre todo cuando fueron amigos los que se pusieron manos a la obra para crucificarnos. Es imposible ser totalmente perfecto como respuesta a semejante traición.

En segundo lugar, Betard detuvo sus protestas. Cerró la boca para siempre. Terminaron sus negativas, sus discusiones. El hecho de que le habían crucificado dejó para siempre de ser su tópico.

“Silencio” fue la palabra exacta que utilizó. Se dirigió a su camarada ladrón diciendo, “¡silencio!”. ¡En aquel momento Betard ganó! Quizás haya de ser también parecido contigo ―en lo relativo a este asunto― cuando el silencio al fin reine en tu ser más interior. Ese es el instante en que todas las cosas empiezan a cambiar. Este es el punto en el que una crucifixión empieza a cumplir su propósito.

Betard ganó. Venció a sus enemigos y adversarios. Venció a su ira. ¡Venció a sus recuerdos! Triunfó sobre la crucifixión.

“¡Silencio!”, exclamó. “¡Estas cosas provienen de la mano de Dios!”

Ahí se localiza lo que marca un cambio de vida.

Nada hay más maravilloso que un hombre adquiera el instinto de cómo ser crucificado. “Ahora veo cómo se supone que he de conducirme en esta hora.” Ah, esto es una crucifixión, una verdadera crucifixión. Una crucifixión cristiana, diseñada para un cristiano. ¡Es aquí donde todos nosotros aprendemos a ser cristianos!

A través de estos sencillos elementos, que te han sido presentados por un ladrón, ¡hallas la forma correcta de colgar en una cruz! La senda hacia la plena rehabilitación de todas las heridas y dolores de la cruz se allegan para derramarse en tu corazón.

Dos hombres te muestran cómo. Uno es el Dios-hombre. El otro, un delincuente.

En ese día de infamia total, cuando Jesucristo fue juzgado ilegalmente, sentenciado injustamente, asesinado brutalmente… muchos observaron. ¡Mas sólo uno… vio!
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hebert_58 el prinicipio de la sabiduria es el temor de DIOS
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