Ven conmigo a una colina elevada.
Observa que sobre la cima de ese monte hay tres hombres. Todos están siendo crucificados. No hay diferencia en el modo de ejecución (todas las crucifixiones son iguales). Sólo sus reacciones difieren.
Los tres fueron crucificados brutalmente. Los tres fueron ignominiosamente crucificados. Cada uno de ellos mostró una actitud diferente hacia la crucifixión. Cada uno fue diferente en la forma de morir. Cada hombre reaccionó de una manera diferente hacia aquellos que les estaban crucificando.
Date cuenta de todo cuanto tenía por decir cada hombre en su crucifixión. Dos hablaron mucho; uno no habló nada. Ese hecho en realidad te dice muchas cosas acerca de la actitud de cada hombre hacia la cruz.
Acerquémonos un poco más y aprendamos de cada uno de estos hombres.
La primera persona que nos encontramos es un ladrón convencido. Le pondremos por nombre Haroc.
Haroc se ganaba la vida robando, y al así vivir en un momento dado robó en exceso. Fue descubierto, se le hizo juicio, fue sentenciado y el castigo decretado fue la muerte. Una muerte extrema.
Desde el punto de vista de Haroc no era la primera vez que le crucificaban. Desde su perspectiva había sido crucificado por otras personas durante toda su vida.
La primera vez que le maltrataron reaccionó como un salvaje. Dejó bien clara su protesta de que había sido tratado terrible e injustamente. Después de aquel día, su tópico de conversación consistió en describir el maltrato que había recibido de otros.
En algún punto de su vida le pareció que las crucifixiones injustas se le venían encima con inusitada frecuencia. Aferrado a su propia actitud Haroc se hizo incapaz de ver culpa suya alguna. Cuantas cosas negativas le sucedían eran del mismo modo tan injustas como inocente era él.
La primera vez que se le sorprendió robando su reacción fue predecible. Acusó a otros.
Podrías decir que Haroc fue el autor de lo que se ha convertido en la perspectiva general de la mayoría de los crucificados: declarar guerra verbal contra los que te están crucificando, protestar tu inocencia, proclamar a viva voz tu inocencia, y señalar con el dedo la más pequeña inconsistencia del adversario.
El día en que Haroc fue crucificado montó un espectáculo. Al echar la culpa a los demás se aseguró de no responsabilizarse absolutamente de nada. Sus pensamientos se centraban exclusivamente en los responsables de su difícil situación. Al hacer de ello el centro de su existencia Haroc dejó escapar la sanidad, la redención y la resurrección. (¡No fue una elección muy sabia la suya!) Fue trágico porque tenía la medicina a su crucifixión muy al alcance. La sanidad no sólo estaba cerca, sino que esa sanidad tenía un nombre. El nombre de la sanidad es Jesucristo.
Mientras colgaba ahí, Haroc culpó a Dios de su crucifixión, y de igual modo culpó a los hombres. ¡Haroc se deshizo de ambas posibilidades! De Dios y del hombre.
También tú fuiste crucificado por los hombres o por Dios. Esas son tus opciones. No hay otras.
Escoge acusar a los hombres y tu estado es un estado sin esperanza. Escoge a Dios y has hallado la persona adecuada; sin embargo, si le acusas a Él tu condición sigue siendo irremediable. Si sigues por cualquiera de esas sendas te has incorporado a las filas de los incurables.
Haroc tuvo otra opción. En vez de, “Dios, tú tienes la culpa, y también los hombres que me han crucificado”, esto: “Señor, lo hiciste por mi bien y por el bien de otros; no te detengas.”
Haroc no mostró una actitud redentora hacia la crucifixión. Pero esa es la única actitud que no es perjudicial cuando uno cuelga de una cruz.
Haroc erró el verdadero propósito de ser crucificado.
¡Extraño, no es cierto, que si yerras el propósito de tu crucifixión en realidad no eres crucificado! Así sucedió con Haroc. ¡Desperdició su crucifixión! Tan sólo recibió el castigo que sus obras merecían.
No hay hombre que sea en verdad crucificado hasta que acepte esa crucifixión como proveniente de la mano de Dios. De lo contrario, nunca dejará de ser más que un desagradable incidente que tiene lugar entre personas desagradables.
Da la casualidad de que eres un seguidor de Jesucristo, ¿verdad? Les ocurren cosas raras a aquellos que siguen al Crucificado. La propia palabra crucifixión implica que tú, Su seguidor, habrás de recibir de manos de otros lo injusto, lo inicuo, lo no merecido. La palabra implica también que Dios es el autor de esa crucifixión, y oculto bajo el duro trance existe un grandioso propósito que no puede verse a simple vista.
Haroc erró ese propósito. Nuncó llegó ese momento esencial cuando rindió a Dios la negra hora. Como consecuencia, el crisol de Haroc no le fue de beneficio ni a él ni a nadie. Haroc escupía amargura. Procuró por todos los medios no ser crucificado. ¡Eso, querido hijo de Dios, es una crucifixión desperdiciada!
¡Un desperdicio absoluto!
Espero que la tuya no lo sea.
Imagina por un momento qué habría pasado si Haroc hubiera sido bajado de su cruz antes de morir. Haroc, salvado de la crucifixión; ahora sí que tenemos una buena perspectiva (y ciertamente el propósito de Haroc era escapar de la mala experiencia.)
¿No es cierto que tú también desearías que tu crucifixión nunca sucediera? ¿No tuviste la esperanza ―la última esperanza― de que podrías salvarte a mitad de sus agonías? Así es con todo hombre. Después de todo, por su propia naturaleza, una cruz es insoportable.
Pero sigamos a la cuestión principal. ¿Habría cambiado en algo la vida de Haroc al día siguiente si hubiera logrado escapar a la crucifixión? ¿Hubiera habido ganancia alguna en su corazón y en su vida?
Aquí tenemos una pregunta aún mejor: ¿podría cambiarnos a mejor escapar a una crucifixión?
La respuesta ha de ser… ¡no!
¿Cuál habría sido el futuro de Haroc su hubiera escurrido de entre los dedos de la muerte?
¡Imagínate a Haroc saliendo por su propio pie de Gólgota! ¿Puedes ver que su vida hubiera cambiado en absoluto? No. Al día siguiente Haroc habría sido exactamente el mismo hombre que había sido. Salvarle de la crucifixión no habría obrado en él para bien. Así es con todo hombre.
¡Si hubieras sido salvado de la crucifixión que has experimentado, no habría hecho de ti un mejor cristiano! ¡El hecho de ser salvado de la crucifixión a manos de otros cristianos no mejora espiritualmente a ningún creyente!
¿Quieres seguir siendo la misma persona que eras antes de ser crucificado? Si es así, yerras el propósito de Dios.
Una crucifixión, abrazada debidamente, hará de ti mucho más de lo que eras. Indebidamente abrazada, te deja siendo menos de lo que eras. Es tu dilema. ¡Bien serás destruido espiritualmente, bien crecerás en Cristo más allá de todo límite previo!
Tu futuro depara tan sólo dos alternativas. Estarás mejorado, o empeorado. Dime, hasta ahora, ¿has perdido o ganado terreno? La respuesta debería ser tan evidente que no requisiera reflexión alguna… sobre todo si has ganado terreno, pues la ganancia es sobrecogedora y es algo maravilloso.
¿La otra alternativa? Considera a Haroc como la fuente de la que emana la respuesta que buscas.
Si Haroc hubiera sido librado de su duro trance y te hubieras topado con él a la mañana siguiente le habrías hallado más amargado, más victimizado, más inocente que antes. Tenlo por seguro, Haroc hubiera puesto tierra y cielo patas arriba para mostrarte sus manos mutiladas.
Los hombres salen de una crucifixión mucho mejor o mucho peor.
Los hombres buscaron mi mal.
Dios buscó mi mal.
O…
Dios buscó mi bien.
La única forma en que una crucifixión podía afectar a Haroc era cambiarle para peor. ¿Te unirás a su clan?
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hebert_58 el prinicipio de la sabiduria es el temor de DIOS
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