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¿Pero por qué yo? ¿Por qué ha de ser algo tan extremo como la cruz? ¿Qué bien hay en ello? ¿Por qué mi crucifixión? ¿Por qué yo, de entre todos, y por qué a manos de otros cristianos?

La respuesta se halla en el propósito de cualquier crucifixión. Tiene un único propósito: ¡destruir! La cruz provoca el peor de los daños. Una crucifixión es la destrucción en su grado máximo, una pérdida tan excesiva que sólo la divinidad podría ser su autora.

Los falsos testigos en tu contra, el veredicto, los clavos, la lanza punzante, todo ello tenía un propósito singular… tu destrucción.

Al que ha experimentado semejante crisol obvia decirle que empuja al alma al límite del fracaso espiritual.

No obstante, hay dos tipos de destrucción. Tan sólo una prosigue hacia lo alto. La otra es semejante a una piedra lanzada contra un reloj: desde ese día en adelante tu vida cristiana se detiene. La destrucción podría incluso llegar a sintetizarse con otras cosas si sigues mascando la hórrida memoria de los hechos, si continuas viviendo en el daño y en la indignación. Esa es una de las formas en que una crucifixión destruye a un cristiano. ¿Quieres vivir en ese estado?

En otra esfera, observada por otros ojos, enfundado en un conjunto de valores completamente diferentes, uno puede contemplar un concepto de destrucción muy distinto.

Dios desea destruir para siempre ciertos elementos de tu temperamento. Esta es la llave para abrir el entendimiento a tu crucifixión. A la par de dicho descubrimiento bien puedes hallar sanidad… y convalecer con éxito. Cabe la posibilidad de que aún alcances a vivir en un plano más alto. Pero toma nota, pues si escoges la visión más superficial de la naturaleza destructora de la cruz, las manillas del reloj no vuelven a moverse.






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hebert_58 el prinicipio de la sabiduria es el temor de DIOS
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