Entre creyentes una verdadera crucifixión tiene un único autor. Él escribe el guión de cada una.
¿Hasta qué punto está tu Señor involucrado en una crucifixión? ¿En una como la tuya? Él se cuida de hasta el último de los detalles.
No sólo escribe el guión, pues Él, y sólo Él, selecciona a los participantes. Se encarga de la coreografía al detalle de cada escena. Está al tanto de la iluminación. Elige el escenario. Recompone la atmósfera general, y los telones. Selecciona a los secundarios, viandantes y extras. Incluso escoge a la audiencia... aquellos que contemplan tu crucifixión.
Escogió a los que dieron falso testimonio contra ti; a los que propagaron los rumores, los que cuchicheaban a tus espaldas. Escogió a los que por último te citaron para la vista. Con Su pluma escribió las hirientes palabras que te escupieron. Adjudicó el papel del que te lanzó aquellas palabras. Él sabía cuales eran las palabras que te aplastarían y resonarían en tus oídos durante los años venideros. Todavía queman como ascuas en tu alma, ¿verdad? Aún hoy se escucha su eco a través de los pasadizos de tu memoria, ¿no es cierto?
Tu Padre también dispuso los resultados de tu crucifixión. A su cargo estaba el propio proceso de la crucifixión, determinando incluso a los que introdujeron los clavos en tus muñecas y aquella fría lanza aún perenne en tu costado. Sabía que tu corazón se haría añicos y el tormento que tu alma habría de sufrir.
Empezando por los que están más involucrados, y acabando por los casuales transeúntes, tu Señor es el autor del argumento, el director de reparto y, sobre todo, el productor.
Toda crucifixión contiene ciertos elementos comunes a toda crucifixión: Rechazo. Dolor. Injusticia. Falsos rumores. Insinuaciones. Más dolor. Malentendidos. Desprecio. Humillación. Pérdida de la reputación. Pérdida de los amigos. Por lo general, excomunión. La pérdida de todas las cosas.
En todo ello, ven a saber esto, ¡que fue la voluntad de tu Padre que probaras todas estas cosas!
Y sobre todo, el Dios y Padre del Señor Jesucristo seleccionó deliberadamente, con premeditación, con estudiado cálculo, al que habría de ser crucificado! Los personajes, los lugares de la crucifixión y también las palabras habladas. Todo. Luego escogió a la víctima.
De entre la muchedumbre, ¡a ti te escogió!
¡A ti! Para ser aplastado de modo tan brutal, vicioso, inmisericorde, público e ignominioso. A ti, para ser espectáculo ante los ojos de los hombres y los ángeles.
Tan sólo hay una conclusión a la que tú, como creyente, puedes llegar: ¡¡alguien te ha honrado!!
Ahora pues, ¿hay senda a la que asirte para sobrevivir a tan grande honor?
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¿Honor? ¿Eso un honor? ¡Un honor!
Sencillamente no puede ser, ¿verdad? Un pensamiento semejante se escapa a todo razonamiento humano, ¿no es cierto?
Pero es que no tienes idea de lo que me dijeron, de lo que se dijo de mí, y de lo que me hicieron. Se regodearon conmigo. Fue algo inhumano... no hay palabras. Injusto. Más injusto de lo que jamás puedas imaginar. ¡Dios nunca habría sido el autor de un hecho tan cruel como aquello! ¿No?
Sí, lo fue. Recuerda, ¡ya lo ha hecho antes al menos en una ocasión!
Párate y considera que hubo una vez una crucifixión mucho, mucho más injusta y brutal que la tuya. La planeó incluso antes de la fundación de la creación... la crucifixión de Su propio Hijo.
Después de todo semejante pensamiento no es tan descabellado, ¿verdad? Mudó las circunstancias de cielo y tierra para ver que este horrendo suceso aconteciera exactamente como Él lo dispuso.
Déjate llevar por este sencillo hecho; debes hallar una perspectiva completamente nueva de tu crucifixión. Conlleva un mayor propósito del que al principio concebías, y puede que contenga mayor bien en su seno de lo que puedas imaginar al presente.
¡Pero, ay! ¡Has de rendirte al autor!
¿Atisbas a ver a tu Señor como el responsable de tu crucifixión? Si así haces la paz no se tardará. ¡Mira hacia arriba! Contempla tu crucifixión. No fue la tuya en absoluto, sino la crucifixión de tu Señor. Su agonía y muerte tuvieron lugar en un plano mucho más alto de lo que ningún ojo mortal alcanzaba a ver aquel día oscuro, o cualquier otro día desde aquel.
Lo que te ocurrió a ti tuvo el propósito de marcar el comienzo de una transformación magistral en tu vida. Las circunstancias que dieron luz a esta tragedia era lo que precisamente necesitabas. Aquel suceso infernal te trajo al lugar exacto en el que tu Señor quiere que estés.
Fue un acto de amor. Acepta ese hecho; entonces aquel día dejará de ser una escena desagradable de auténtica pesadilla, siendo tú prisonero en caso contrario de su recuerdo.
Haz esta tu oración: “Un acto soberano, Dios mío, fluyendo de la fuente de tu misericordia.”
¿La destrucción un acto de amor? ¿Una muestra de misericordia?
¡Sí! Alcanza a ver el hecho… ¡y abrázalo!
Es un honor, tal cual he dicho, ser escogido por tu Señor para ser crucificado, pero sólo en la medida en que tú haces honor a Su mano soberana.
Señor, las circunstancias que llevaron a mi crucifixión eran tuyas. No vinieron del hombre, como yo al principio me creía. Padre, lo acepto todo. Todo… como proveniente de Tu mano.
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hebert_58 el prinicipio de la sabiduria es el temor de DIOS
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