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Ven acá, acude a lo celestial, al lado de tu Señor, y contempla cifixión desde Su punto de vista. Mientras allí estés, vendrás a darte cuenta de que nunca hubo otro ajusticiador y que hay sólo un crucificado.

¿Sólo uno?

Sí, sólo uno. Cuando fuiste crucificado a manos de hombre, ciertamente no hiciste más que entrar en Su crucifixión.

Considera las circunstancias que condujeron a Su crucifixión. ¿Quién causó Su cruz, Su crucifixión? ¿Quién diseñó Su Gólgota? Fue exactamente la misma persona que diseñó el tuyo. En concreto esa persona deseó que entraras en los sufrimientos de tu Señor. En los últimos días no has hecho más que compartir Su repugnante experiencia. Después de todo, tú ―el creyente― estás en Él.

¿Quién, pues, propuso que el Crucificado fuera crucificado? (¿Y tú igualmente?) ¿Quién hizo que Jesús fuera juzgado? ¿Quién orquestó los falsos testigos? ¿Quién escogió a los hombres que desgarraron Su espalda y la dejaran como un río de sangre? ¿Quién escogió a los que introdujeron los clavos en Sus manos? ¿Quién se aseguró de que hubiera tanto dolor, tanta ignominia?

¿La respuesta? ¡El mismo que te hizo pasar por similares circunstancias!

Un poder desconocido para la tierra se aseguró que el madero fuera talado, tallado y luego elevado, como lanza en ristre.

¿Quién te crucificó? El mismo que crucificó a tu Señor. Averigua de Él quién rubricó Su crucifixión.

¿Escuchas Su respuesta?
¿Quién Me crucificó?
¿Quién planificó Mi crucifixión?
Mi Padre.
Fue Mi Padre.

Sí, duras palabras de oír. Tampoco es fácil reconciliar incongruencia de semejante calibre.

Sin embargo, el Padre deseó la crucifixión de Su propio Hijo. Y la tuya. El plan y la ejecución de ese plan era Suyo. Incluso se cercioró de que sería a manos de cristianos, puesto que el propio pueblo del Señor le crucificó. ¡Dolor por doble ración!

Afróntalo, afronta el hecho de que tu Padre ―y el Padre de tu Señor― deseó que fueras crucificado. Aceptar este terrible pero inconmovible hecho es tu primer paso hacia la sanidad. Tras ese paso empieza la recuperación. En su defecto ninguna otra cosa producirá jamás tu completa restitución. La sanidad está incrustada en el acto de volverte a tu Señor y aceptar que esta terrible tragedia es algo que viene de Su mano. Cierto, es amargo. Cierto, es incomprensible. Mas abrazarlo debes. Es algo esencial.

¿Qué sucede si te niegas?

Escucha mis palabras. Negarte a aceptar que tu crucifixión proviene en su totalidad de la mano de Dios sencillamente significa que no fuiste crucificado y que sólo te maltrataron. Sólo cuando aceptas que provino de Dios... entonces es una verdadera crucifixión. La crucifixión de un cristiano proviene de la mano de Dios y de nadie más aparte de Dios.
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hebert_58 el prinicipio de la sabiduria es el temor de DIOS
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